—Me desprecias, ¿verdad, Rick?
—Si llegara a pensar en ti, probablemente sí.
Diálogo extraído de la película Casablanca
Se trataba de una criatura fisonómicamente marcada por la excentricidad
y la fantasía. Se llamaba Emilio y era profesor de música en un instituto de
secundaria de Barcelona. Sus compañeros parecían respetarlo, aunque
lo sufrían en silencio. Los alumnos, cándidos receptáculos, habían sabido
superar su primera reacción de estupor y rechazo hacia el hombrecillo
para pasar a asimilar con adhesión enfervorizada la vehemencia y la
ostentosa interdisciplinariedad de su discurso.
Era algo contrahecho, con una sutil joroba bajo la nuca, y una papada
de bocio. Tenía los ojos azules y saltones, y los labios exageradamente
carnosos y prominentes, relieve bestial en un perfil improbable. Era de
carrillos muy abultados, y las arrugas socavaban su rostro todavía joven y,
en un juego de planos indescriptible, le conferían una cualidad escultórica
de sátiro imberbe. Cuando sonreía, el rostro se le apaisaba en una mueca
excesiva y dolorosa para quien la contemplaba, y dos surcos hendían la
carne, entre la queja y la condescendencia. Su cara parecía un himno a
la tridimensionalidad. Era en sus quehaceres escrupuloso y sistemático;
estaba muy bien afianzado en un orden impoluto y algo impostado,
imprescindible para su supervivencia. Iba impecablemente limpio, casi
siempre enfundado en una camisa azul claro de colegial y pantalones
oscuros de tela. Olía a champú y a colonia suave. El uniforme del burgués
para la fisonomía menos gregaria que pueda imaginarse.
En homenaje al Bogart perdonavidas de Casablanca—no había nadie
en el instituto que no supiera que ése era su gran mito cinematográfico:
en el rincón de seminario que le correspondía tenía todo un armario
empapelado con carteles y fotogramas de la película—, llevaba sobre
la americana gris una gabardina del mismo color, que no se quitaba ni
siquiera para entrar a clase. Su pelo color zanahoria, su cuello hinchado
asomando sobre tan impecable y recurrente vestuario, las solapas de
la gabardina levantadas hacían estallar a los alumnos en silbidos de
admirativa socarronería. Solía empezar sus clases con la frase que Rick le
dirigía a Renault al final de la película: “Presiento que éste es el comienzo
de una hermosa amistad.” Formaba parte del ritual.
La primera vez que lo vio, en la sala de profesores, a Julia, la nueva
profesora de matemáticas, le pareció un auténtico prodigio de fealdad y
rareza, y no pudo evitar sentirse atraída por él. Lo cierto es que siempre
le habían gustado los hombres de facciones muy marcadas. Dentro de su
moderado esnobismo, le seducía más lo asimétrico y desmandado que la
armonía apolínea de los efebos.
Emilio era una máquina de hablar, de enumerar actos y referencias
culturales. Óperas en el Liceo, estrenos teatrales y en cartelera,
novedades literarias, clásicos de hoy y de siempre. En los descansos,
entre clase y clase o a la hora del recreo, solía vérsele aferrado a un
periódico en la sala de profesores, o perorando ante un grupo entre
extasiado y guasón de alumnos. Tenía una opinión formada acerca de
cualquier cosa. Podía hacer largas disertaciones acerca de la importancia
de comer fruta por la mañana, y argumentar prolijamente el deterioro
de la calidad de los productos de la tierra. Todas las mañanas llevaba
al instituto una pieza de fruta que devoraba después del bocadillo a su
manera espectacular, para no contradecir la grandeza de sus rasgos.
Julia esperaba gozosa el momento en que se disponía a desenvolver el
bocadillo y a mordisquearlo coordinando boca, labios y dientes en un
trajín fragoroso y soberbio. Y luego la fruta.
Emilio era un hombre respetable, integrado. Una de las cosas que
más odiaba en el mundo eran los marginados, los asociales. Él no
sabía estar solo. El ser humano no ha sido creado para estar solo. Le
parecían mezquinas aquellas gentes que evitaban el contacto con sus
semejantes, los que no hacían el menor esfuerzo por relacionarse, por
compartir sus afanes, sus anhelos, sus pequeñas desgracias cotidianas.
Él siempre procuraba hacer partícipes a los demás de sus hallazgos y sus
inquietudes. Así, por ejemplo, en el instituto tenía una particular fijación
por fotocopiar aquellos artículos de la prensa diaria que le parecían más
atractivos y depositarlos en los casilleros de todos y cada uno de los
profesores del centro, e incluso guardaba una copia para conserjes y
administrativos. Si había ido al cine o al teatro, se encargaba de que nadie
pudiera ignorarlo y de proporcionar a todo aquel que le saliera al paso
argumentos en pro o en contra del espectáculo en cuestión: acompañaba
las críticas favorables con gestos ampulosos y exclamaciones enfáticas
y guturales; las desfavorables, las despachaba con un par de frases
despectivas y un eslogan vehemente que resumiera el fiasco. De vez en
cuando, si consideraba que había sido ocurrente o atinado o subversivo,
prorrumpía en una risa bronca y chillona a un tiempo, salpicada de
comentarios jocosos y estentóreas carcajadas. No se daba cuenta de
que ese saco de palabras y posturas en que se convertía por momentos
colisionaba frontalmente con el ideal de hombre—lacónico y misterioso
—que él mismo preconizaba bajo una inoperante gabardina.
Por eso, porque ambicionaba ser un hombre respetable e integrado, y a
despecho de su particular físico, para Emilio era de suma importancia y
significación tener una mujer, esto es, disponer de un objeto de inserción
social. Una mujer constituye una posesión socialmente integradora.
A Encarna, su mujer, ya no la deseaba como antes, y lo cierto era
que, muy en el fondo y por lo bajo, quererla le costaba. Y no sólo eso:
despreciaba profundamente el apego de la mujer, de su mujer y de las
mujeres en general, por todo lo material. Ello no impedía que Emilio—
inconfesadamente, claro, porque, además de mujer, tenía una reputación
que mantener—adorara su casa, esto es, la casa de Encarna, donde
hacía ya siete años que vivía y donde, desde hacía tres, vivía también
Pablito, su encantador retoño, y se congratulara asimismo por lo bien que
había hecho las cosas. Él era un gran compañero—no marido, porque no
estaba casado: el matrimonio era una institución añeja, trasnochada—, un
compañero de lo más deseable: hacía cuanto era necesario.
A su manera, Emilio se las daba de duro. Frente a una sociedad muy
feminizada, regida por reglas de protocolo eminentemente mujeriles e
inhibitorias, Emilio quería volver a un discurso masculino, politizado, con
la atención dirigida al mundo exterior. El protocolo que a él le gustaba
era el de traje y corbata, los puros habanos y las conversaciones de
sobremesa sobre cuestiones de actualidad, arte y literatura. Largo y
tendido habló de todo esto y de tantas cosas más con Julia, la única
profesora del centro a quien lograba interesar, y que, por su parte, apenas
lo escuchaba, pendiente tan sólo del trabajo de los maxilares del hombre y
de las mudanzas de su rostro en la regurgitación del discurso.
Julia estaba sola y tenía un amplio sentido de la libertad personal y de
la camaradería. Era una mujer de certezas matemáticas y, por lo demás,
bastante impresionable. Era sencillo y hasta divertido apabullarla con
perlas filosóficas, literarias y musicales, en un aluvión de citas, títulos y
aforismos. El secreto estaba en mostrarse seguro. Emilio se tomó unas
cuantas molestias para conmoverla, en una sobreactuación que, más que
enternecedora, resultaba grotesca. Él era un tipo seguro—en esa seguridad
cifraba su éxito—, y ella una chica apocada sin más bagaje que un montón
de fórmulas y unas oposiciones ganadas. Estaba falta de verdades
metafísicas, pero él iba a llenar ese vacío de contenidos. Heterodoxos,
acrisolados, amenos.
Todo empezó con las sonrisas y las bromas en los pasillos y en la sala de
profesores, con el tráfico de artículos y libros, con los cafés después de
las clases. Un día fue una insinuación de caricia, y al otro una confesión.
Apuntes de intimidad, presagios o trazas de una relación, de una incipiente
aventura. Es así como se gestan estas cosas, ¿no es cierto?
A partir de un determinado momento, previsto ya al principio de todo
este proceso, Julia accedió a recibirlo algunas tardes en su casa. Este
ritual, concentrado de preferencia en una rutina de miércoles y viernes
alternos, se prolongó cerca de año y medio. No suponía un gran trabajo:
poco más de media hora a la semana. Julia había acogido primero con
entusiasmo su rareza física y su arsenal informativo; luego, a medida que
iban ganando terreno el hastío y la decepción, había pasado a tolerarlo a
duras penas. Emilio llegaba a casa de su segunda, la otra, su querida, su
concubina—términos que secretamente le gustaba manejar en relación a
Julia—colgándose medallas, felicitándose por su audacia de héroe amante.
Que si su vida era tan complicada y cansina, que si tenía que sortear todo
tipo de obstáculos: los compañeros del trabajo, la comida con la mujer,
el compromiso doméstico y paterno. La relación, por decirlo de algún
modo, que mantuvieron Julia y Emilio distaba mucho, muchísimo, estaba
a años luz de ser una historia pasional. A decir verdad, cada vez más iba
convirtiéndose en un monumento a la incomunicación y a la mediocridad.
Los raros sábados en que podía escaparse, porque su mujer había
quedado para comer con sus amigas de tai chi o por alguna otra razón,
Emilio citaba a Julia en algún restaurante, y entonces aprovechaba
para vestir más atildado, con traje, camisa blanca y corbata o pajarita,
e, incluso—los días en que se sentía más audaz y corroborado en su
masculinidad de amante clandestino y guapetón—con un sombrero años
cuarenta, a juego con la infaltable gabardina y que, convenientemente
inclinado sobre la frente, le ensombrecía el rostro. Pedía los platos que
él comprendía que eran los más suculentos y se las daba de experto
en vinos. Hacía guiños y bromas al camarero, y después del café, junto
con la copita de coñac, blandía solemne y ceremonioso un habano,
lo mordisqueaba ejercitando fenomenalmente su quijada y procedía a
fumárselo. Creyendo intuir que, en el fondo, el tipo psicológico por el que
Julia sentía debilidad era el del duro insobornable, el galán atento a los
rituales de seducción y el machista impenitente.
A las mujeres—se decía Emilio—, aun cuando no lo confiesen, les van los
tipos duros. “Las mujeres son muy simples”, le hacía notar el espectro
de Bogart a Woody Allen en Play it again, Sam. “No hay ninguna que no
comprenda una bofetada en la boca o una bala del 45.”
Lo que Emilio parecía no comprender es que, en un imaginario mítico que
privilegiaba a Bogart como fetiche por excelencia de la virilidad, no tenían
cabida los sucedáneos. Porque no se podía ser Bogart sin renunciar a
una imagen humanizada con un punto de afabilidad convenida. Todos
lo sabemos, no cualquiera es capaz de cinismo y despego en sentido
estricto. No cualquiera desprecia hasta tal punto la vida y los visajes
de los humanos como esa impresión sobre celuloide que es el Rick de
Casablanca. No se puede tener todo.
Casablanca no es sólo una película; es un estado de ánimo. Un referente
de hombría. Pasaje al mito de una virilidad sin contraste. Estaba claro
que Emilio era incapaz de calibrar el desajuste entre esa ensoñación del
intelecto y la cruda realidad, entre las facciones armoniosamente curtidas
del exiliado en Casablanca y su propia burda caracterización facial.
En realidad, lo que a Julia más le fascinaba y al mismo tiempo le
repelía de Emilio era la vulgaridad a la que éste se adhería con la feroz
desesperación de una lapa—o de un suicida inconfeso—, el tesón con
que se esforzaba por aparentar una normalidad y, sobre todo, una virilidad
que era imposible que poseyera. Sus cauces, su manera de descollar
no podían ser los mismos que para los demás: esa repetición de gestos
manidos, esa prosaica sumisión a los engranajes culturales, esa exhibición
de un intelectualismo barato pero exhaustivo que además hacía demasiado
patentes las largas horas de rumia y composición ante el espejo.
Por una parte, se las daba de hombre duro; por otra, pretendía que era
bueno y comprensivo. No confundir con caritativo: la idea de la caridad
le disgustaba profundamente, como la del matrimonio. Era crítico con la
iglesia y con toda forma de explotación y demagogia. Le habría gustado ser
un hombre de pasado oscuro y contestatario, abanderado de las causas
justas a la vez que púdico encubridor de su propia nobleza intrínseca, de
su compromiso.
Evitaba, en la medida de lo posible, las peleas. Era denigrante emprenderla
a gritos y malas palabras, no digamos ya a golpes. Si su mujer estaba
triste, porque tenía problemas en el trabajo o con sus amistades, o porque
tenía una crisis existencial o porque ya no se encontraba atractiva, él se
jactaba de saber consolarla, y de pasarle una mano por el pelo, como si
se tratara de un caniche y no de una mujer. Con un cariño de manual para
principiantes. Con la misma ignorancia provocativa y flagrante con que
trataba a su amante. Su amante—qué bien sonaba—, ese gran secreto
que tenía consigo mismo. También a ella le daba consejos y palabras de
alivio o de agasajo. La prepotencia no es sino el reverso de una rusticidad
saneada.
Se tenía por un gran compañero, por un gran amante. También por un gran
padre. Se destrozaba el cuello acarreando a Pablito sobre los hombros,
por la calle, en las aglomeraciones de gente, los fines de semana. Lo había
llevado también a las manifestaciones. Y es que Emilio era de tendencia
izquierdosa, así se definía. Odiaba a todos aquellos que se ponían de parte
de los poderosos. Aunque también odiaba a los seres marginales que
se salían del sistema. Jamás habría reconocido que los odiaba, porque
eso sería contrario a su ideología—con lo orgulloso que estaba él de su
ideología—, pero le provocaban una gran desconfianza. No los comprendía.
No comprendía por qué ciertos seres preferían el aislamiento, por qué se
quedaban en un rincón en absoluto silencio, por qué se amargaban a la
sombra. Por qué rehuían sistemáticamente toda compañía—o, mejor dicho,
su compañía. Él no habría sabido estar solo. Jamás. Necesitaba compartir
sus cosas. La música, los libros, las ideas. Según él, era un filántropo. Según
los demás, a poco que lo trataran, un niño crecido e inseguro con una coraza
de falsa, prepotente y ciega seguridad.
Que fuera con cuidado Emilio, porque, allí donde su pezuña con
pretensiones de mano encontraba una piel excitable y propicia, un día podía
encontrar una ciénaga emponzoñada, llena de trampas espinosas.
Julia habría querido que la fragancia de Emilio perdurara en ella como el
rastro de lo anómalo o lo raro, de lo tullido adorable, el orgullo precario de
un pájaro exótico que llevara una gris existencia de gorrión. Pero lo cierto es
que llegó a aborrecerlo tanto, a él y su modo de engañarse, de venderse y de
fracasar en ese empeño, que le perdió el respeto y se lo perdió a sí misma,
por ser débil y ceder ante sus ridículas instancias de amante desechado.
Emilio habría querido que su fragancia perdurara en ella como el rastro del
héroe que luchaba en dos frentes, a saber, el de la cotidianidad doméstica
y el de la aventura apasionada. Todo bien homologado. Cuando su amante
lo expulsó de su vida, Emilio decidió no guardarle rencor. No caer en la
vulgaridad. El orgullo es mezquindad, se dijo acompañándose con un gesto
mental de nobleza. Y con esta consigna, propia de los grandes, volvió a
su casa de 120 metros cuadrados, amueblada entre otras cosas con una
mujer familiar, culta y concienzuda, y un hijo que afortunadamente no
había heredado sus rasgos. Las mujeres siempre son lo mismo, se repetía.
Al fin y al cabo, no valía la pena arriesgar su matrimonio por una chica
desnaturalizada e ignorante como Julia. Había que ser cauto; es sabido que
las mujeres gustan de coartar la libertad del hombre. Son por naturaleza más
conservadoras. Encarna jamás le habría perdonado una infidelidad y él no
sabía estar solo.
Ese sábado cualquiera en que expiró su vida clandestina, Emilio volvió a su
casa con la cabeza gacha y enjugándose las lágrimas que ya amenazaban
con erosionar sus carnosas mejillas, colgó la gabardina en el perchero, le dio
un beso casto y asustadizo a su mujer y se dispuso, como de costumbre, a
realizar su parte de las tareas.
—Según parece, sigue cumpliéndose su destino—ironizó Rick desde el
espejo.