Ana Prieto Nadal

Todo un Humphrey


—Me desprecias, ¿verdad, Rick?

—Si llegara a pensar en ti, probablemente sí.

 

Diálogo extraído de la película Casablanca

 

Se trataba de una criatura fisonómicamente marcada por la excentricidad

y la fantasía. Se llamaba Emilio y era profesor de música en un instituto de

secundaria de Barcelona. Sus compañeros parecían respetarlo, aunque

lo sufrían en silencio. Los alumnos, cándidos receptáculos, habían sabido

superar su primera reacción de estupor y rechazo hacia el hombrecillo

para pasar a asimilar con adhesión enfervorizada la vehemencia y la

ostentosa interdisciplinariedad de su discurso.

 

Era algo contrahecho, con una sutil joroba bajo la nuca, y una papada

de bocio. Tenía los ojos azules y saltones, y los labios exageradamente

carnosos y prominentes, relieve bestial en un perfil improbable. Era de

carrillos muy abultados, y las arrugas socavaban su rostro todavía joven y,

en un juego de planos indescriptible, le conferían una cualidad escultórica

de sátiro imberbe. Cuando sonreía, el rostro se le apaisaba en una mueca

excesiva y dolorosa para quien la contemplaba, y dos surcos hendían la

carne, entre la queja y la condescendencia. Su cara parecía un himno a

la tridimensionalidad. Era en sus quehaceres escrupuloso y sistemático;

estaba muy bien afianzado en un orden impoluto y algo impostado,

imprescindible para su supervivencia. Iba impecablemente limpio, casi

siempre enfundado en una camisa azul claro de colegial y pantalones

oscuros de tela. Olía a champú y a colonia suave. El uniforme del burgués

para la fisonomía menos gregaria que pueda imaginarse.

 

En homenaje al Bogart perdonavidas de Casablanca—no había nadie

en el instituto que no supiera que ése era su gran mito cinematográfico:

en el rincón de seminario que le correspondía tenía todo un armario

empapelado con carteles y fotogramas de la película—, llevaba sobre

la americana gris una gabardina del mismo color, que no se quitaba ni

siquiera para entrar a clase. Su pelo color zanahoria, su cuello hinchado

asomando sobre tan impecable y recurrente vestuario, las solapas de

la gabardina levantadas hacían estallar a los alumnos en silbidos de

admirativa socarronería. Solía empezar sus clases con la frase que Rick le

dirigía a Renault al final de la película: “Presiento que éste es el comienzo

de una hermosa amistad.” Formaba parte del ritual.

 

La primera vez que lo vio, en la sala de profesores, a Julia, la nueva

profesora de matemáticas, le pareció un auténtico prodigio de fealdad y

rareza, y no pudo evitar sentirse atraída por él. Lo cierto es que siempre

le habían gustado los hombres de facciones muy marcadas. Dentro de su

moderado esnobismo, le seducía más lo asimétrico y desmandado que la

armonía apolínea de los efebos.

 

Emilio era una máquina de hablar, de enumerar actos y referencias

culturales. Óperas en el Liceo, estrenos teatrales y en cartelera,

novedades literarias, clásicos de hoy y de siempre. En los descansos,

entre clase y clase o a la hora del recreo, solía vérsele aferrado a un

periódico en la sala de profesores, o perorando ante un grupo entre

extasiado y guasón de alumnos. Tenía una opinión formada acerca de

cualquier cosa. Podía hacer largas disertaciones acerca de la importancia

de comer fruta por la mañana, y argumentar prolijamente el deterioro

de la calidad de los productos de la tierra. Todas las mañanas llevaba

al instituto una pieza de fruta que devoraba después del bocadillo a su

manera espectacular, para no contradecir la grandeza de sus rasgos.

Julia esperaba gozosa el momento en que se disponía a desenvolver el

bocadillo y a mordisquearlo coordinando boca, labios y dientes en un

trajín fragoroso y soberbio. Y luego la fruta.

 

Emilio era un hombre respetable, integrado. Una de las cosas que

más odiaba en el mundo eran los marginados, los asociales. Él no

sabía estar solo. El ser humano no ha sido creado para estar solo. Le

parecían mezquinas aquellas gentes que evitaban el contacto con sus

semejantes, los que no hacían el menor esfuerzo por relacionarse, por

compartir sus afanes, sus anhelos, sus pequeñas desgracias cotidianas.

Él siempre procuraba hacer partícipes a los demás de sus hallazgos y sus

inquietudes. Así, por ejemplo, en el instituto tenía una particular fijación

por fotocopiar aquellos artículos de la prensa diaria que le parecían más

atractivos y depositarlos en los casilleros de todos y cada uno de los

profesores del centro, e incluso guardaba una copia para conserjes y

administrativos. Si había ido al cine o al teatro, se encargaba de que nadie

pudiera ignorarlo y de proporcionar a todo aquel que le saliera al paso

argumentos en pro o en contra del espectáculo en cuestión: acompañaba

las críticas favorables con gestos ampulosos y exclamaciones enfáticas

y guturales; las desfavorables, las despachaba con un par de frases

despectivas y un eslogan vehemente que resumiera el fiasco. De vez en

cuando, si consideraba que había sido ocurrente o atinado o subversivo,

prorrumpía en una risa bronca y chillona a un tiempo, salpicada de

comentarios jocosos y estentóreas carcajadas. No se daba cuenta de

que ese saco de palabras y posturas en que se convertía por momentos

colisionaba frontalmente con el ideal de hombre—lacónico y misterioso

—que él mismo preconizaba bajo una inoperante gabardina.

 

Por eso, porque ambicionaba ser un hombre respetable e integrado, y a

despecho de su particular físico, para Emilio era de suma importancia y

significación tener una mujer, esto es, disponer de un objeto de inserción

social. Una mujer constituye una posesión socialmente integradora.

A Encarna, su mujer, ya no la deseaba como antes, y lo cierto era

que, muy en el fondo y por lo bajo, quererla le costaba. Y no sólo eso:

despreciaba profundamente el apego de la mujer, de su mujer y de las

mujeres en general, por todo lo material. Ello no impedía que Emilio—

inconfesadamente, claro, porque, además de mujer, tenía una reputación

que mantener—adorara su casa, esto es, la casa de Encarna, donde

hacía ya siete años que vivía y donde, desde hacía tres, vivía también

Pablito, su encantador retoño, y se congratulara asimismo por lo bien que

había hecho las cosas. Él era un gran compañero—no marido, porque no

estaba casado: el matrimonio era una institución añeja, trasnochada—, un

compañero de lo más deseable: hacía cuanto era necesario.

 

A su manera, Emilio se las daba de duro. Frente a una sociedad muy

feminizada, regida por reglas de protocolo eminentemente mujeriles e

inhibitorias, Emilio quería volver a un discurso masculino, politizado, con

la atención dirigida al mundo exterior. El protocolo que a él le gustaba

era el de traje y corbata, los puros habanos y las conversaciones de

sobremesa sobre cuestiones de actualidad, arte y literatura. Largo y

tendido habló de todo esto y de tantas cosas más con Julia, la única

profesora del centro a quien lograba interesar, y que, por su parte, apenas

lo escuchaba, pendiente tan sólo del trabajo de los maxilares del hombre y

de las mudanzas de su rostro en la regurgitación del discurso.

 

Julia estaba sola y tenía un amplio sentido de la libertad personal y de

la camaradería. Era una mujer de certezas matemáticas y, por lo demás,

bastante impresionable. Era sencillo y hasta divertido apabullarla con

perlas filosóficas, literarias y musicales, en un aluvión de citas, títulos y

aforismos. El secreto estaba en mostrarse seguro. Emilio se tomó unas

cuantas molestias para conmoverla, en una sobreactuación que, más que

enternecedora, resultaba grotesca. Él era un tipo seguro—en esa seguridad

cifraba su éxito—, y ella una chica apocada sin más bagaje que un montón

de fórmulas y unas oposiciones ganadas. Estaba falta de verdades

metafísicas, pero él iba a llenar ese vacío de contenidos. Heterodoxos,

acrisolados, amenos.

 

Todo empezó con las sonrisas y las bromas en los pasillos y en la sala de

profesores, con el tráfico de artículos y libros, con los cafés después de

las clases. Un día fue una insinuación de caricia, y al otro una confesión.

Apuntes de intimidad, presagios o trazas de una relación, de una incipiente

aventura. Es así como se gestan estas cosas, ¿no es cierto?

 

A partir de un determinado momento, previsto ya al principio de todo

este proceso, Julia accedió a recibirlo algunas tardes en su casa. Este

ritual, concentrado de preferencia en una rutina de miércoles y viernes

alternos, se prolongó cerca de año y medio. No suponía un gran trabajo:

poco más de media hora a la semana. Julia había acogido primero con

entusiasmo su rareza física y su arsenal informativo; luego, a medida que

iban ganando terreno el hastío y la decepción, había pasado a tolerarlo a

duras penas. Emilio llegaba a casa de su segunda, la otra, su querida, su

concubina—términos que secretamente le gustaba manejar en relación a

Julia—colgándose medallas, felicitándose por su audacia de héroe amante.

Que si su vida era tan complicada y cansina, que si tenía que sortear todo

tipo de obstáculos: los compañeros del trabajo, la comida con la mujer,

el compromiso doméstico y paterno. La relación, por decirlo de algún

modo, que mantuvieron Julia y Emilio distaba mucho, muchísimo, estaba

a años luz de ser una historia pasional. A decir verdad, cada vez más iba

convirtiéndose en un monumento a la incomunicación y a la mediocridad.

Los raros sábados en que podía escaparse, porque su mujer había

quedado para comer con sus amigas de tai chi o por alguna otra razón,

Emilio citaba a Julia en algún restaurante, y entonces aprovechaba

para vestir más atildado, con traje, camisa blanca y corbata o pajarita,

e, incluso—los días en que se sentía más audaz y corroborado en su

masculinidad de amante clandestino y guapetón—con un sombrero años

cuarenta, a juego con la infaltable gabardina y que, convenientemente

inclinado sobre la frente, le ensombrecía el rostro. Pedía los platos que

él comprendía que eran los más suculentos y se las daba de experto

en vinos. Hacía guiños y bromas al camarero, y después del café, junto

con la copita de coñac, blandía solemne y ceremonioso un habano,

lo mordisqueaba ejercitando fenomenalmente su quijada y procedía a

fumárselo. Creyendo intuir que, en el fondo, el tipo psicológico por el que

Julia sentía debilidad era el del duro insobornable, el galán atento a los

rituales de seducción y el machista impenitente.

 

A las mujeres—se decía Emilio—, aun cuando no lo confiesen, les van los

tipos duros. “Las mujeres son muy simples”, le hacía notar el espectro

de Bogart a Woody Allen en Play it again, Sam. “No hay ninguna que no

comprenda una bofetada en la boca o una bala del 45.”

 

Lo que Emilio parecía no comprender es que, en un imaginario mítico que

privilegiaba a Bogart como fetiche por excelencia de la virilidad, no tenían

cabida los sucedáneos. Porque no se podía ser Bogart sin renunciar a

una imagen humanizada con un punto de afabilidad convenida. Todos

lo sabemos, no cualquiera es capaz de cinismo y despego en sentido

estricto. No cualquiera desprecia hasta tal punto la vida y los visajes

de los humanos como esa impresión sobre celuloide que es el Rick de

Casablanca. No se puede tener todo.

 

Casablanca no es sólo una película; es un estado de ánimo. Un referente

de hombría. Pasaje al mito de una virilidad sin contraste. Estaba claro

que Emilio era incapaz de calibrar el desajuste entre esa ensoñación del

intelecto y la cruda realidad, entre las facciones armoniosamente curtidas

del exiliado en Casablanca y su propia burda caracterización facial.

 

En realidad, lo que a Julia más le fascinaba y al mismo tiempo le

repelía de Emilio era la vulgaridad a la que éste se adhería con la feroz

desesperación de una lapa—o de un suicida inconfeso—, el tesón con

que se esforzaba por aparentar una normalidad y, sobre todo, una virilidad

que era imposible que poseyera. Sus cauces, su manera de descollar

no podían ser los mismos que para los demás: esa repetición de gestos

manidos, esa prosaica sumisión a los engranajes culturales, esa exhibición

de un intelectualismo barato pero exhaustivo que además hacía demasiado

patentes las largas horas de rumia y composición ante el espejo.

 

Por una parte, se las daba de hombre duro; por otra, pretendía que era

bueno y comprensivo. No confundir con caritativo: la idea de la caridad

le disgustaba profundamente, como la del matrimonio. Era crítico con la

iglesia y con toda forma de explotación y demagogia. Le habría gustado ser

un hombre de pasado oscuro y contestatario, abanderado de las causas

justas a la vez que púdico encubridor de su propia nobleza intrínseca, de

su compromiso.

 

Evitaba, en la medida de lo posible, las peleas. Era denigrante emprenderla

a gritos y malas palabras, no digamos ya a golpes. Si su mujer estaba

triste, porque tenía problemas en el trabajo o con sus amistades, o porque

tenía una crisis existencial o porque ya no se encontraba atractiva, él se

jactaba de saber consolarla, y de pasarle una mano por el pelo, como si

se tratara de un caniche y no de una mujer. Con un cariño de manual para

principiantes. Con la misma ignorancia provocativa y flagrante con que

trataba a su amante. Su amante—qué bien sonaba—, ese gran secreto

que tenía consigo mismo. También a ella le daba consejos y palabras de

alivio o de agasajo. La prepotencia no es sino el reverso de una rusticidad

saneada.

 

Se tenía por un gran compañero, por un gran amante. También por un gran

padre. Se destrozaba el cuello acarreando a Pablito sobre los hombros,

por la calle, en las aglomeraciones de gente, los fines de semana. Lo había

llevado también a las manifestaciones. Y es que Emilio era de tendencia

izquierdosa, así se definía. Odiaba a todos aquellos que se ponían de parte

de los poderosos. Aunque también odiaba a los seres marginales que

se salían del sistema. Jamás habría reconocido que los odiaba, porque

eso sería contrario a su ideología—con lo orgulloso que estaba él de su

ideología—, pero le provocaban una gran desconfianza. No los comprendía.

No comprendía por qué ciertos seres preferían el aislamiento, por qué se

quedaban en un rincón en absoluto silencio, por qué se amargaban a la

sombra. Por qué rehuían sistemáticamente toda compañía—o, mejor dicho,

su compañía. Él no habría sabido estar solo. Jamás. Necesitaba compartir

sus cosas. La música, los libros, las ideas. Según él, era un filántropo. Según

los demás, a poco que lo trataran, un niño crecido e inseguro con una coraza

de falsa, prepotente y ciega seguridad.

 

Que fuera con cuidado Emilio, porque, allí donde su pezuña con

pretensiones de mano encontraba una piel excitable y propicia, un día podía

encontrar una ciénaga emponzoñada, llena de trampas espinosas.

Julia habría querido que la fragancia de Emilio perdurara en ella como el

rastro de lo anómalo o lo raro, de lo tullido adorable, el orgullo precario de

un pájaro exótico que llevara una gris existencia de gorrión. Pero lo cierto es

que llegó a aborrecerlo tanto, a él y su modo de engañarse, de venderse y de

fracasar en ese empeño, que le perdió el respeto y se lo perdió a sí misma,

por ser débil y ceder ante sus ridículas instancias de amante desechado.

 

Emilio habría querido que su fragancia perdurara en ella como el rastro del

héroe que luchaba en dos frentes, a saber, el de la cotidianidad doméstica

y el de la aventura apasionada. Todo bien homologado. Cuando su amante

lo expulsó de su vida, Emilio decidió no guardarle rencor. No caer en la

vulgaridad. El orgullo es mezquindad, se dijo acompañándose con un gesto

mental de nobleza. Y con esta consigna, propia de los grandes, volvió a

su casa de 120 metros cuadrados, amueblada entre otras cosas con una

mujer familiar, culta y concienzuda, y un hijo que afortunadamente no

había heredado sus rasgos. Las mujeres siempre son lo mismo, se repetía.

Al fin y al cabo, no valía la pena arriesgar su matrimonio por una chica

desnaturalizada e ignorante como Julia. Había que ser cauto; es sabido que

las mujeres gustan de coartar la libertad del hombre. Son por naturaleza más

conservadoras. Encarna jamás le habría perdonado una infidelidad y él no

sabía estar solo.

 

Ese sábado cualquiera en que expiró su vida clandestina, Emilio volvió a su

casa con la cabeza gacha y enjugándose las lágrimas que ya amenazaban

con erosionar sus carnosas mejillas, colgó la gabardina en el perchero, le dio

un beso casto y asustadizo a su mujer y se dispuso, como de costumbre, a

realizar su parte de las tareas.

 

—Según parece, sigue cumpliéndose su destino—ironizó Rick desde el

espejo.